U n A T a R d E C o N B o G a R t
Una tarde con Bogart
   
 
Cuando llego, él ya está esperando. La luz amarillenta de la lámpara recorta su inconfundible silueta. El humo de su cigarrillo se balancea por delante de su cara. Al verme aparecer, se levanta y me extiende la mano como si nos conociéramos de toda la vida.

"Es una suerte que aún permitan fumar aquí"- es lo primero que comenta al tiempo que clava su impresionante mirada sobre la mía.

Al sentarse cruza las piernas y llama al camarero con un sencillo gesto de la mano derecha, como yo había visto hacer docenas de veces en sus películas. Pide dos whiskys con hielo y, cuando el camarero los trae, dice: "Deja la botella, muchacho. Así no tendremos que molestarte más".

Delante de mí tengo a un actor que ha trabajado con tipos tan duros como Cagney, Robinson o Raft. A un tipo que maneja el 38 como si hubiera nacido con uno entre las manos. Al tipo que inventó el rostro de la novela negra.

Delante de mí tengo a Humprey Bogart.